Me gustan las mañanas en las que el cielo pronuncia mi nombre, y no soy yo la que pronuncia el nombre del cielo.
Me gusta evadirme, me gusta pensar en tonterías.
Me declaro amante de ver feliz a la gente, de poner sonrisas en labios ajenos y que esos labios me devuelvan la sonrisa.
Me pasaría la vida rebobinando el momento del anochecer. Y si la espuma de mar azota mi cara, me pasaría la otra vida también.
Me gusta recordarme como una niña feliz. Me gusta haber cambiado, mas bien, poco.
Me gusta hablar de cosas sin sentido, que no vengan a cuento. Y amo que a la gente también le guste.
Me gusta conocer personas totalmente iguales a mi. Me encantan las personas totalmente distintas.
Me gusta pensar que todo lo que conozco, quiero y aprecio está a mi lado por algo. Causalidad, no casualidad.
No me avergüenzo al decir que, si conmigo no estuviese ahora mismo mucha gente que conozco, mi vida, quizás, tuviera poco sentido.
Tampoco me avergüenzo en decir que he sido lo mas idiota que ha pisado la tierra durante un tiempo. Me gusta haber recapacitado.
Pienso que todos los sentimientos que se me han cruzado, por muy duros que sean, me han ayudado a ser como soy ahora.
Me arrepiento de muchas cosas, pero nunca de haber sentido demasiado.
Soy una persona nada cariñosa. Pero siempre tengo un abrazo escondido en la manga.
Soy una persona de la que mucha gente piensa que no llora, que nunca está triste, que no siente melancolía, que no le pasa nunca nada. No me conocen.
Tengo miedo a muy pocas cosas. Pero quizás, y solo quizás, la mas temida es volver a sonreír de la manera en que sucumbí.